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Siempre me sucede lo mismo

Siempre es lo mismo SAMAP

Los ojos de Noemí (soltera, 31 años) comenzaron a humedecerse detrás de las lentes atornasoladas y no pudo impedir que se dibujaran dos surcos líquidos en la cosmetología facial. La pregunta quedó suspendida en un aire pesaroso y grávido, de autoacusaciones. El filoso «¿por qué a mí?» atravesaba agudamente la conciencia desdichada con reproches y tristes recuerdos. Otra vez había fracasado en el amor. Nuevamente la habían engañado. Se volvía a repetir la historia de hombres que hacían promesas falsas, que la dejaban «plantada», que se iban con otra, que sólo buscaban el placer efímero. «Por qué? ¿Por qué yo me los encuentro todos? ¡Yo nos los busco!» Parecía que un destino fatal se cernía brutalmente sobre su pobre vida y la condenaba inexorablemente a sufrir recurrentemente frustraciones y desengaños. «Dígame Doctor, ¿por qué a mí siempre me pasa lo mismo?»

Durante varios meses estuvimos tratando los problemas sentimentales de Noemí. En varias oportunidades le señalamos su tendencia a relacionarse con hombres conflictuados, disfuncionales, de actitudes poco claras y enredados en otras experiencias amorosas. Vez tras vez observamos lo peligroso de esos vínculos. Era evidente la disposición enfermiza a repetir fracasos. Parecía la actriz de una tragedia que reproduce su obra en diferentes escenarios y con distintos protagonistas, pero siempre con el mismo libreto. La novela de su vida empezaba con las mejores auspicios y gran entusiasmo para luego de protagonizar escenas escabrosas e inciertas, para finalmente sobrevenir el desenlace fatal. Entonces se castigaba preguntándose: «¿Por qué?».

Paul Watzlawick ha llamado a este fenómeno «profecía autocumplidora». La define como «una conducta que provoca en los demás la reacción frente a la cual esa conducta sería una reacción apropiada». Por ejemplo, una persona que cree que nadie la quiere se comporta con desconfianza, a la defensiva y fácilmente agrede a quien se le acerca, haciendo de esta forma muy probable que los otros reaccionen con desagrado y rechazo, confirmando el presupuesto desamor.

Hay otras personas, que por el contrario confían en los otros y creen en la bondad implícita de la gente, actuando en consecuencia; por lo general, recogen simpatía y aprecio. Hay mucho de verdad en la expresión de la sabiduría popular que afirma que «las cosas son del color del cristal con que se mira». Quienes usan lentes oscuros sólo ven sombras y negrura, los que perciben el mundo con lentes claros observan paisajes luminosos y brillantes. Seguramente que la realidad tiene luces y sombras, pero no es necesario insistir en hacerla más lúgubre.

A los fines del cambio no es de gran ayuda preguntar «¿Por qué?» Esa cuestión presupone la existencia de alguna causa, que seguramente existe, pero cuyo saber no necesariamente será de ayuda. Lo importante es la voluntad de cambio, sacarse las antiparras sombreadas y adoptar una óptica positiva. En el caso de Noemí había un padre mujeriego y una madre sumisa y condescendiente, algo que Noemí nunca toleró. Juró que ella no sería como su progenitora y jamás aceptaría como compañero un hombre infiel.

Tanto rechazaba ese tipo de hombre que de alguna manera lo generaba. Lo que mucho se odia, a veces, es lo que más se quiere («Porque te amo te aporreo», alardeaba alguien). Descubrir la maraña de sentimientos que nos atan y obligan puede ayudar, que para reconocer el intrincado laberinto de las emociones confundidas se necesita la intervención profesional. Pero siempre se requiere la decisión y acción de transformar esos derroteros nefastos. En esas circunstancias el poder superior de la gracia divina es clave para enderezar la vida. Por eso el salmista suplicaba: «¿Quién podrá entender sus propios errores? Líbrame de los que me son ocultos» (19:12).

Dr. Mario Pereyra

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